De las definiciones que se nos
han presentado anteriormente, hay un elemento en la definición de ciencia del
que se podría hablar mucho dentro del campo de las ciencias biosanitarias, esto
es: el hecho de que se puedan comprobar los resultados o reproducir los experimentos.
¿Por qué? Pues, porque mientras
esto era sencillo en las ciencias experimentales puras de antaño (pensemos en
la Física clásica: cualquiera puede lanzar objetos y cronometrar el tiempo que
tardan en caer), no lo es tanto en el caso de la investigación médica actual.
Así, en primer lugar hay que
tener presente que “reproducir experimentos” supone, en este caso, exponer a
pacientes a tratamientos que se sabe o se sospecha que son ineficaces, o menos
eficaces que el tratamiento de referencia. ¿Es ético esto? Una forma sencilla
de responder a esta pregunta es: ¿nos gustaría que nos lo hicieran a nosotros?
¿o a un familiar nuestro?
Por otra parte, y aunque esto no
es exclusivo de este campo, sabemos que existen importantes intereses económicos
en juego. Por un lado, los de las compañías farmacéuticas (que, como empresa,
tienen la vocación de obtener beneficios, pero que también son importantes
impulsoras de la investigación); por otro, los de los propios pacientes, así
como los de los financiadores de los tratamientos (aseguradoras privadas, y
sistemas públicos de salud)
Así pues, las “comprobaciones de
resultados” corren riesgos importantes de estar sesgadas en uno u otro sentido.
Estas comprobaciones se realizan mayoritariamente en forma de metaanálisis, es
decir, de análisis conjuntos de varios estudios sobre el mismo tema. Y, cuanto
más objetivas pretenden ser, mayor es, por desgracia, la probabilidad de que
concluyan que no existe evidencia suficiente como para afirmar absolutamente
nada…
Y, sin embargo, la actividad
asistencial prosigue, y en muchos casos sin una base que podamos calificar de
científica. Hay quien se aprovecha de estas dificultades para probar la
ausencia de eficacia de un tratamiento para hacer negocio (pensemos en las
pseudoterapias y “pseudoterapeutas”), y hay incluso gobiernos que aprovechan la
ignorancia de una población entera para venderles que la “medicina tradicional”
de su país es mejor que la que propone el consenso mundial actual, seguramente
con el fin de ahorrarse una sustancial suma en financiar una sanidad pública de
calidad…
Lo dicho, que sobre este tema se
podría hablar mucho.
Hasta próximas entradas,
Has descrito con crudeza las dificultades del panorama. Pero existen los ensayos clínicos, los comités de ética y la medicina basada en la evidencia, no todo está perdido ;-)
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